De repente se tuvo la posibilidad de decirlo todo a todos, pero bien mirado, no se tenía nada qué decir. Bertolt Brecht (Teoría de la Radio, 1927-1932)


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miércoles, 21 de enero de 2015

La isla azul

El aspecto nauseabundo del gigante que traspasó el umbral de la puerta del comedor se acentuaba por la creciente mancha húmeda que abarcaba casi toda la camisa que, por la pequeña área seca del hombro, sabía que era color turquesa. Mis ojos no podían apartarse de ese azul acentuado por el sudor que seguramente se liberaba por todo su ser pero insistía en manifestarse con total desenfado desde las axilas peludas –así las imaginaba– de ese hombre que encontró discreto consuelo bajo el abanico que giraba más lentamente de lo deseado sobre la única mesa vacía de La isla azul, así se llamaba ese lugar al que mamá me invitó a comer esa tarde, nuestra segunda tarde en esa ciudad fronteriza del otro lado.

La odié por el limitado presupuesto que la obligó a elegir semejante lugar, la odié por no protegerme de semejante espectáculo, la odié porque moría de ganas de comer una hamburguesa, como la del día anterior y por habernos alojado en el hotel Laredo, cuyas escaleras de madera pintadas de rojo me parecían interminables cuando regresamos cansadas y sin ganas de dar un paso más. La odié por no preferir el Hamilton, como lo hicimos dos años atrás, cuando vinimos con papá, ése sí que es un hotel para descansar y pasarla bomba, con elevador, aire acondicionado, tele en el cuarto y baño con tina.

Ni las redes ni conchitas que colgaban del techo lograban distraer mi mirada, que insistente, se dirigió hacia ese asqueroso tipo. Parecía sacado de una historia de terror. Además de su apariencia descuidada era ruidoso, desconocía todo lo relacionado con buenos modales y, por supuesto, comía con la boca abierta, resollando, como si le faltara el aire. Vació en un segundo el vaso de agua helada que la mesera puso frente a él y exigió, en inglés, una jarra de agua con hielo. Pese al terror y asco que me provocaba era imposible dejar de observarlo. Le faltaban las muelas y un canino del lado superior derecho, los dientes superiores eran enormes. Tenía una fea cicatriz que le partía en dos la ceja izquierda, me pregunto si habrá peleado con un diestro, aunque por el tamaño de las manazas y su aspecto siniestro probablemente su contrincante habrá quedado peor. El cabello lacio y de un rubio quemado al sol contrastaba con el rostro sonrojado y los ojos verdes. Después de dos vasos de agua sorbía escandalosamente un tazón de sopa, mientras comentaba cosas en espanglish con los comensales de la mesa del rincón.

Mi sopa se enfriaba sin probarla, ¿quién podría comer frente a ese hombretón que dejaba correr libremente el caudal de sudor que se originaba en la cabeza y la frente y caía en el plato?

Mamá, tan quitada de la pena comía con gusto, llevando poca sopa a la boca, masticando rítmicamente las verduras. Ella estaba de espaldas y ni siquiera advirtió la entrada del tipo y tampoco le molestaban los gritos entre comensales. Pensé proponerle cambiar de lugar pero reprimí la idea, no sería justo que también a ella se le desvaneciera el apetito.

Verla comer era agradable, lo hace discretamente sin ruido ni voracidad, disfruta cada bocado. Las dos estábamos acaloradas y cansadas, creo que cuando La isla azul estuvo frente a nosotras más que el precio bajo de la comida casera y que el menú estuviera también en español encontrar un refugio fue lo que persuadió a mi madre a entrar en el establecimiento que nos recibió con el aire fresco de los abanicos del techo, ventiladores verticales colocados en cuatro rincones y los vasos de agua helada que apenas uno entra llegan a la mesa para alivio de quienes están a unos pasos de la deshidratación.

Ya no odiaba a mi madre. Al contrario. En ese momento sentí enorme ternura y admiración por su entereza, por su temple. No hablábamos sino lo indispensable mientras comíamos. Ahora que lo pienso bien no hablábamos casi nunca. Ella daba órdenes, de manera sutil, yo obedecía. ¿De qué habríamos platicado? ¿De qué podría hablar una madre viuda de cuarenta con una hija huérfana de padre de diez? Por supuesto que no del gigante rubio que seguía transpirando a chorros mientras engullía lo que le ponían enfrente y que, ahora que lo pienso, no era tan monstruoso físicamente, salvo por el hecho de que sazonaba sus platillos con el sudor de su frente. Después de todo solamente la genética es responsable de la forma de transpirar, de manera que él no era culpable y seguramente también le desagradaba sudar como lo hacía pero sin duda había aprendido a vivir con semejante condición sin que le importara un comino lo que pensaran los demás y mucho menos una mocosa de diez años.

Mamá y yo casi no hablábamos más allá de lo indispensable. Siempre consideré que así son las cosas, los adultos que conozco no tienen mucho de qué hablar con sus hijos; algunos ni tiempo. En alguna ocasión hice una lista de las cosas que me habría gustado preguntarle a mi papá cuando viajábamos en el auto, del tipo “¿por qué los pelos de las cejas y las pestañas no crecen sin parar como los de los bigotes y las barbas? El calor abrasador habría sido un buen tema, por lo menos para la sobremesa, pero una vez que terminamos de comer –porque al final terminé comiendo, pues sabía que si me mostraba remilgosa pagaría con hambre el resto del día–, mamá pagó y salimos de La isla azul para reiniciar nuestro trayecto a cuarenta grados.

Apenas habíamos dado unos pasos cuando un grito de mamá me paralizó. Había dejado en La isla azul la bolsa con las compras del día. Regresé de prisa, entré al restaurante y tomé la bolsa. Nadie había notado que estaba debajo de la mesa. Al salir, casi choco con el gigante sudoroso de la camisa azul, quien detuvo la puerta para que yo pasara e hizo una reverencia a manera de saludo. No tuve más remedio que agradecer su amabilidad.


Mamá lo vio. “Qué señor tan educado” –dijo y emprendió el camino.


jueves, 10 de enero de 2013

Respetable


Traje sastre, tacones altos, maquillaje y peinado impecables la hacen lucir y sentirse respetable. El iPhone le da aire de ejecutiva, de profesional exitosa.

Hace equilibrio en un vagón del metro. Vocifera sobre el tráfico, explica a su interlocutor que dejó el auto cerca del metro porque estaba atrapada en un gigantesco estacionamiento. Grita instrucciones, cancela citas, se muestra remilgosa para elegir restaurantes...

Los pasajeros callan a su alrededor.

Llega a su destino, empuja a mujeres y hombres. Nadie se atreve a reclamar.

Aborda el tren de regreso.

Representa nuevamente la escena, así lo hace de lunes a viernes desde que quedó desempleada.

sábado, 21 de abril de 2012

La amiga




Y al final
el amor que recibes
es igual al que das.
The Beatles

Ella es una de las personas más odiosas que conozco. Va por la vida con la soberbia de saberse amada y segura de la fidelidad de su hombre.
Como si hubiera hombres… o mujeres fieles.
No entiendo cómo él no se ha aburrido de ella. Siempre dispuesta a criticarlo, en ocasiones en su presencia. Le hacemos notar que está casada con el hombre perfecto pero como si todo lo mereciera responde: “Vivan con él un mes y luego me dicen”.
Hace tiempo hubiéramos terminado la amistad pero disfrutamos mucho ir a su casa, por él, por supuesto. De los dos él es quien vale la pena: es agradable, buen conversador, culto y atento. Nos hace sentir guapas, inteligentes y hasta más jóvenes. Cada vez que nos invitan quien se desvive por que nunca tengamos nuestras copas vacías, degustemos lo que prepararon y toma las riendas de la reunión es él, mientras ella actúa como la invitada de honor y espera que él le adivine el pensamiento. Si no lo hace por estar ocupado, le echa una mirada con tono de exigencia que da miedo. Él ni se percata. Siempre está dispuesto a mostrarse enamorado y solícito.
Hace cinco semanas asistimos a la cena para celebrar el trigésimo aniversario de bodas. Durante la sobremesa surgió, como era de esperarse, la forma en que le propuso matrimonio. Con lujo de detalles, voz agradable y tono ameno rememoró la ocasión. Los asistentes estábamos emocionados, pero conociendo a la amiga sabíamos que algo habría hecho para arruinar el momento. Y así fue. Ante el nerviosismo de él después de que disfrutaron un maravilloso concierto de música clásica y una magnífica cena en su restaurante favorito, él estacionó el auto frente al edificio del instituto en donde se conocieron. Emocionada declaró: “esta ha sido la velada perfecta, nada más me falta el anillo” y estiró la manita. Él confesó su frustración momentánea porque no pudo cumplir con el programa completo. Se limitó a ponerle el solitario –que ella no dudó en presumirnos, otra vez– y prometerle creciente amor eterno. No reprimimos un escandaloso gesto de desaprobación. Pero él le acarició la mano y en ese momento, cual mago, sacó de la manga un hermoso collar de perlas. Había investigado que los treinta años son de perlas.
Aplaudimos conmovidos.
Ganas no me faltaban de zarandearla cuando se dejó abrazar, con una sonrisa forzada, como si le costara recibir los arrumacos del más cariñoso esposo, quien coronó el hecho diciendo que éramos testigos del inicio de la etapa del amor otoñal, en el que cosecharían con creces lo vivido en esos treinta años juntos.
Por como lo maltrata la matrona, quien obviamente ya dio el viejazo mientras él se ve cada vez más… interesante, lo que ella va a cosechar es una cornamenta, espero que tan vistosa como la del don Fulgencio de Arreola, porque a esa edad es sabido que hasta el más fiel toma su segundo aire.
La idea de que él le pusiera el cuerno, aunque no fuera con alguna de nosotras, revoloteaba en las cabezas de las amigas más cercanas, las que nunca faltamos a las fiestas de la pareja “perfecta”. Nadie es tan fiel y menos cuando la mujer está “tan mal compuesta de facciones”, como diría Machado de Asís de doña Evarista. Si sucediera y se enterara seguro se le caería el castillo en el que vive su cuento de hadas.
Después del aniversario, Juliana propuso contratar a un detective para que le siguiera los pasos. Conocía a uno que había obtenido “en lo que canta un gallo” las pruebas de la infidelidad de su ahora exmarido. El tipo era infalible. Cobraba en efectivo, por mes. El costo, naturalmente, lo cubriríamos las cuatro. La idea de restregarle en la cara el resultado de la investigación, de verla derrotada al descubrir el desliz que derrumbara su mundo era fascinante y no tenía precio.
Este gallo tardó un mes en cantar, pero el primer miércoles de noviembre el detective nos entregó un sobre lacrado con las pruebas.
Expectantes fuimos al restaurante en el que comemos las cinco el primer jueves de cada mes. Los meseros se sorprendieron al vernos ese día pero muy atentos nos preguntaron por la otra amiga, “la que a veces viene con su marido”. “Mañana vendremos todas”, les contesté cortante a los entrometidos.
Apretujadas en el gabinete semicircular, con las bebidas frente a nosotras, confiadas en que contábamos con diez minutos antes de la irrupción de las entradas, Juliana abrió ceremoniosa el sobre que condenaba al, hasta ahora, marido perfecto. El detective había escrito en el reporte: “El sujeto es un aburrido workohólico pero al final, después de veintinueve días de seguirle los pasos, quien suscribe pudo cacharlo in fraganti”.
Brindamos por eso.
La primera fotografía era de él bajando del auto. También es fotogénico ¡grrr! En la siguiente aparecía arreglando los detalles de un picnic en un apacible paraje boscoso. “Él sí sabe de romanticismo”, coincidimos. Sobre una superficie de hojas secas de deliciosas tonalidades otoñales entre el ocre y el cobre había dispuesto un mantel de cuadros rojos y blancos sobre el que se advertían una canasta, dos veladoras, una botella de champán dentro de una cubetita, servicio para dos y lo que parecía una caja de bocadillos. En la siguiente él se afanaba en acomodar una cobija de lana color terracota frente al grueso tronco de un ahuehuete. En la cuarta, por fin, aparecía la mujer, quien no vestía para la ocasión: llevaba falda a la rodilla, saco beige y zapatos de tacón de aguja.
El detective sabía imprimir toques de misterio y dramatismo en la secuencia.
Era claro por qué él había buscado una amante, esta mujer se veía más joven, elegante y cariñosa. En las siguientes imágenes aparecían abrazados, sentados sobre la mullida cobija. Los pies de ella jugueteaban con las hojas. Su naturalidad sería la envidia de nuestra estirada amiga.
Al unísono levantamos las copas, dimos un sorbo triunfal antes de ver la última imagen. En esta los dos brindaban. Él de perfil, ella de frente.
Resultaba imposible apartar la mirada del estúpido collar de perlas y la sonrisa de adolescente enamorada de ella.
Jimena estuvo a punto de ahogarse con el trago de tequila. A Juliana se le cayó la foto de las manos, Judith se jalaba los pelos.
–Maldita sea –grité–, el desgraciado detective nos engañó ¿a nadie se le ocurrió darle una foto de la esposa?

 © María Eugenia Mendoza Arrubarrena


viernes, 2 de marzo de 2012

Una historia de taxista

La prima de la secretaria de la asistente del doctor Casimiro Rosado, uno de los funcionarios públicos más influyentes, le contó al taxista que abordé ayer por la tarde para realizar un trayecto que debería durar media hora y se convirtió en una casi pesadilla de dos largas horas, una historia de la que me hubiera gustado conocer más detalles de no haber sido por mi desesperación ante el retraso de una cita que concerté a las seis y que si bien me iba llegaría a las siete pero a la que por fortuna tampoco había llegado la persona con la que me encontraría, quien también se encontraba atrasada por problemas de tránsito. Otra cosa que me angustiaba era el insensible avance del taxímetro y mi incapacidad para bajarme del auto, prácticamente estacionado en medio del puente y caminar un kilómetro y medio con tacones para llegar a la estación más próxima del metro, de manera que no tuve más remedio que permanecer en el enorme estacionamiento en que se había convertido la vía rápida que tomó el taxista para que llegara a tiempo a mi cita.

La historia de marras es la siguiente, va entrecomillada y con el crédito de Belisario Malpica, nombre del taxista, por aquello de las aclaraciones y la autoría del relato, en caso de que sea pura ficción y más si es verdadero:
"Resulta que como todos sabemos el doctor Casimiro Rosado podría pasar inadvertido en cualquier lugar en donde se presentara si no fuera acompañado por prominentes empresarios y políticos, así como custodiado por una docena de guardaespaldas. Eso se sabe porque el hombre es de esos que uno lo ve dice "no daría ni un peso por él" o "aunque la mona se vista de seda..." se carcajeó de su chiste, pero el taxista tenía razón el doctor era de un tipo común, nadie imaginaría que estudió en el extranjero el doctorado en economía y que pesa tanto en las decisiones del país–. Como le decía volteó y se acomodó para que la plática fuera más amena, como de cuates, pero eso sí, no detuvo el taxímetro– el doctor Casimiro Rosado, pese a ser de extracción humilde es un prepotente de primera, trata a las personas que no le van a reportar algún beneficio como si fueran sus esclavas, ni más ni menos. El señor es incapaz de un "por favor" y más de un "gracias". Le encanta hacer alarde de su riqueza, que vaya usted a saber el origen opaco que tiene, pero como está consciente de que un Hugo Boss o un Armani ni le lucen, aunque de todas formas los usa, presume sus aparatitos de telefonía y todas esas porquerías que ahora los ejecutivos usan dizque para trabajar, sí, cómo no, como si los funcionarios supieran sacar raíz cuadrada o redactar sus discursos, si no fuera por sus asesores estarían perdidos... Bueno, pero ¿sabe qué vehículo maneja? –me preguntó como si fuera un secreto, pero preferí decirle que lo ignoraba–, un Bentley, equipadísimo. Dicen que lo quiere más que a su esposa y a sus hijos y por eso no deja que ni su chofer lo maneje, solamente lo saca cuando él va a manejar, si no se traslada en un Mercedes negro, que también adora pero ese sí se lo deja a su chofer, a veces. En ese momento oímos un claxon y el taxista avanzó veinte centímetros. Como le decía, este señor es un pelado. Me enteré que la semana pasada después de una reunión con dos secretarios de Estado y un importante empresario, el doctor Casimiro Rosado estaba tan feliz por los acuerdos a los que habían llegado que los invitó a comer a un restaurante muy exclusivo que está a dos cuadras de su oficina. Como no quería que ningún chofer escuchara la conversación él propuso usar su Bentley. Así que los gallones se treparon al carro y el doctor iba manejando sintiéndose dueño del mundo. Al llegar al restaurante, como es bien barbero el tal doctor Casimiro Rosado –el taxista parecía disfrutar mucho decir el nombre completo del funcionario, se bajó para abrir la puerta del empresario que iba en el asiento del copiloto. En eso se acercó un valet parking y al doctor Rosado se le ocurrió aventarle las llaves del Bentley, al tiempo que le gritaba que si lo rayaba le partía toditita su... Pero ni terminó de soltar la amenaza porque ¿a que ni se imagina qué hizo el valet parking? Le contesté que no podía imaginar nada. Pues que el muchacho cacha las llaves y se las avienta de regreso al doctor y le dice: "los choferes estacionan los vehículos en la calle de atrás, güey". Imagínese usted la cara que hizo el doctor cuando los secretarios y el empresario soltaron una sonora carcajada y le gritaron al doctor Rosado 'a ver, Jaime, ¿lo estacionas tú o el muchacho?'. Y como vieron que el doctor, quien en ese momento se veía más insignificante, estaba a punto del infarto, el empresario le quitó las llaves y se las lanzó a otro valet parking, pidiéndole, ese sí con toda educación, que por favor estacionara el vehículo, porque ese día su chofer era el invitado especial. Entraron al restaurante abrazados, mientras los otros no paraban de reír".
En ese momento los autos comenzaron a avanzar y en un dos por tres llegamos a mi destino. El taxista ya no agregó nada, pero bien que estiró la manota para cobrar lo que me habría costado una comida en el restaurante al que fueron los hombres de la historia, que, por cierto, en ese momento creí se había sacado de la manga para entretenerme.

Pero ahora creo que había algo de verdad en lo que me contó porque hoy por la mañana leí en el periódico que las acciones de una de las empresas del empresario Fulano del Tal habían caído estrepitosamente. No sé pero me parece que ahí se ve la mano negra del doctor Casimiro Rosado.

lunes, 16 de enero de 2012

Catarsis


 Catarsis
© María Eugenia Mendoza Arrubarrena

Cuando Armando llegó a casa encontró a su madre riendo a carcajadas. La cuidadora le dijo que así estaba desde que leyó la carta que sostenía en las manos.
El hombre sintió una gran alegría al verla tan contenta. El Alzheimer, recién diagnosticado, le estaba arrebatando su porte altivo y la actitud soberbia que la habían caracterizado. Después de besar su frente tomó las tres hojas escritas con cuidada caligrafía. Se sentó frente a su madre, quien había pasado de la carcajada a la mirada perdida.

Ciudad de México, verano de 2011.
Señora López de Cosío:
Habrá notado la ausencia de fórmula de cortesía. Pero no se detenga por eso, siga leyendo. En unas líneas más entenderá que no merece estimación o aprecio ni la considero digna de una forma amable para dirigirme a usted.
También le extrañará recibir esta misiva después de treinta años. Probablemente usted no recuerde mi nombre, aunque estoy segura que en alguna ocasión pensó en lo que hizo y una mueca triunfante se habrá dibujado en su, hoy, arrugado rostro, aunque tal vez solo sea inexpresivo, debido al botox.
Le confieso que soy la primera sorprendida. ¿Por qué dedicarle unos minutos y dejar evidencia escrita de lo que sentí durante aquellos minutos tan amargos como injustos que me prodigó? Tal vez ahora se asome un connato de sonrisa triunfal al pensar que me provocó un daño permanente, dadas mi edad y falta de experiencia. Pero no, no crea que tuvo tal impacto en mi vida, esa llamada telefónica la superé muy rápido.
Como soy una persona educada le contaré por qué reapareció en mi vida.
Resulta que hoy leí las noticias, ¡oh, Dios!, me topé con una escalofriante. No obstante, al terminar de leerla fue imposible esconder una sonrisa catártica.
La nota decía que una madre de familia fue atacada en su casa de Coapa, por la furiosa novia del hijo menor –seguro ahora ex novia–. La jovencita tundió a golpes a la mujer de 40 años. La golpiza solamente la dejó maltrecha y desgreñada, según los paramédicos. Tras exhaustivo examen médico se confirmó que no hay heridas graves ni fracturas. La chica declaró, en su defensa, que esa mujer le llamó por teléfono la noche anterior para prohibirle ver a su hijo, un chico de dieciocho años, pues “él es un niño bien mientras ella era una pobretona oportunista sin oficio ni beneficio que sólo le hacía perder el tiempo”.
¿Le parece familiar la historia?
Claro que usted no recibió ninguna visita de ese tipo, por lo menos no de mi parte, pero ¿cuántas llamadas telefónicas similares habrá hecho?
Le refresco la memoria. Hace treinta años, cuando Armando y yo teníamos quince nos conocimos, ahí en su casa de Coapa, una casa monona, recuerdo, pero nada que indicara que él y su familia pertenecieran a la nobleza ni al jet set. La fiesta era para celebrar el cumple de Armando, el final de la secundaria y su ingreso a la prepa. ¡Tres festejos en uno!
Yo también había terminado la secundaria, fui aceptada en la prepa y había cumplido los quince una semana antes sin vals, ni chambelanes, ni vestido vaporoso, vaya, sin fiesta. De manera que cuando bailé con Armando canciones de Blondie, Bee Gees y otros grupos de la onda disco me imaginé con un hermoso vestido azul, tan cursi como ampón, en mis quince, con el chico más guapo de todos, porque de veras que su hijo era un galán, en su tipo.
Habremos bailado como dos horas sin parar cuando me preguntó si quería salir a caminar. Acepté.
Esa noche de verano fue mágica. No sé si la luna brillaba como nunca o siquiera si había luna, pero como soy quien reconstruye el recuerdo quiero dejar sentado que así fue.
Memoria selectiva.
Había llovido y en el ambiente predominaba el perfume a tierra húmeda. Soplaba un viento fresco. Nuestras manos entrelazadas se sentían muy bien. ¿De qué hablamos? No recuerdo nada. Pero ¿sabe qué recuerdo perfectamente? Mi primer beso, que también fue el primero de Armando.
Es cierto que el primer beso nunca se olvida. Si soy objetiva debo admitir que ese beso fue más bien baboso, desesperado y torpe. Me dejó sin aliento por la sorpresa y porque nuestras caras no sabían cómo acomodarse y nuestros anteojos chocaron. Pero con todo, tuvo la belleza indeleble del primer beso. Esa noche sólo hubo uno. Fue la noche de verano del primer beso de un par de ñoños quinceañeros babosos.
Durante cuatro fines de semana fuimos novios. Él me buscaba en mi casa, en una colonia que usted habrá imaginado barrio de quinta. Mis apellidos le parecían corrientes y mi papá no ejercía una profesión que, desde su copetona perspectiva, me asegurara un futuro. Armando era un chico bueno, de buenos sentimientos y ajeno a sus sueños de grandeza. No hacíamos planes de nada. A los quince años, de hace treinta, lo más atractivo del noviazgo era el besuqueo, caminar tomados de la mano, divertirnos  viendo fragmentos de una película, escuchar música. No teníamos dinero, apenas el suficiente para los camiones, las entradas al cine o para un café.
La última vez que salí con él, cuando esperaba que me llamara para decirme que había llegado a casa, después de escuchar su adorada voz grave usted le arrebató el teléfono.
Su voz disonante, aguda, histérica me hizo enmudecer y paralizar.
Recuerdo cada una de sus palabras. No dudó en calificarme de cazafortunas y muerta de hambre. Recalcó que Armandito y yo pertenecíamos a mundos diferentes y distantes. Habló de clases sociales, del brillante futuro de Armando y que no permitiría que una muchacha como yo le impidiera alcanzar sus metas. Me advirtió que jamás volvería a verlo, así tuviera que encadenarlo. Un abrupto clic terminó la tortura. Ignoro si Armando, en un gesto de pudor, colgó o usted deseó imprimir un final dramático a su perorata. Descansé. Luego lloré. Lloré toda la noche. Durante días sentí vergüenza pero tuve que tragármela sola.
En unos días la olvidé, a usted, no a Armando, inolvidable chico de mi primer beso en el verano de hace treinta años.
Hasta ahora que leí la historia de la joven que saboreó en caliente la venganza, tras haber sido insultada, volví a pensar en esa amarga noche de verano.
Ojalá le arda la cara de vergüenza al recordar cómo lastimó a su hijo, quien deseo se haya alejado a tiempo de su dañina sobreprotección.
Hasta nunca.
Nicolasa

Armando se levantó, tomó el cesto de basura y lo vació ante la mirada atónita de su madre.

* Publicado en la antología de cuento breve Verano. Serial Estaciones. BENMA Grupo Editorial, México, 2011




viernes, 28 de octubre de 2011

La fuerza de una palabra

Durante el funeral de su último hermano recordó la despedida de su madre, en su lecho de muerte.
Todos sus hijos la rodeaban. Los mayores sostenían sus manos, los más pequeños se aferraban a sus pies.
La dificultosa respiración angustiaba a todos, temían que de un momento a otro se diera el fatal desenlace.
Tuvo aliento, sin embargo, para prometer que estuviera donde estuviera, ella vigilaría que nada les ocurriera.
Ahora, setenta años después, se preguntaba qué hubiese ocurrido si su madre hubiese tenido fuerzas para agregar una palabra, una sola palabra.
Miró el féretro de su hermano, quien a los setenta y nueve había muerto de muerte natural en la casa materna, igual que los otros cinco, todos más o menos a esa edad y sin que nada bueno ni malo les hubiera ocurrido en la vida.
Si su madre, quien, como decían todos, tenía boca de profeta, tan sólo hubiese tenido fuerza para agregar una palabra, tal vez las cosas hubieran sido diferentes.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La radio nos hace guapos

Recibió a los invitados en el vestíbulo. No se conocían personalmente. Habían hablado por teléfono dos o tres veces para establecer algunos puntos que tratarían en la mesa de discusión, pero se saludaron como viejos amigos.

Se distrajo al ver que se acercaba uno de los conductores de la última edición del noticiario, el de media noche. Ella lo escuchaba siempre al final, cerca de la una de la mañana, cuando ya había pasado el recuento de los muertos de la jornada, el reporte de las corruptelas descubiertas aquí y allá, las notas del "sabemos lo que hicieron pero igual no pasa nada". Al final de la emisión JL dedicaba diez minutos a buenas noticias, aunque digan que las buenas noticias no son noticias. La veta de este tipo de notas era la cultura. Estrenos de películas, presentaciones de libros, cartelera teatral, invitaciones a conciertos y exposiciones. Entonces su voz de noticiero era sustituida por una voz educada, sensual, sin prisa. Ella amaba esa voz, sobre todo cuando la usaba para decir un poema, leer un microrrelato. En su fantasía, mucho antes de entrar a trabajar en la radiodifusora, lo había idealizado, sin duda JL era un hombre perfecto, no podía ser de otra manera.


Su admiración no decayó cuando lo conoció. Se convenció de que la voz de JL reflejaba mejor que su físico una exquisita belleza de alma, solamente alguien de veras hermoso podía tener una voz así. El día que lo conoció, justo cuando estaba a punto de debutar en la estación, le costó trabajo ocultar la emoción que la asaltaba. Estrechó su mano y no pasó del trillado "mucho gusto", cuando en realidad deseaba lanzarse en sus brazos y agradecerle el regalo que le ofrecía de lunes a viernes cada noche, antes de dormir. JL le brindó una sonrisa un tanto forzada y siguió su camino hacia uno de los estudios de grabación. Pero ella no lo tomó como algo personal, seguramente JL estaba presionado por los acontecimientos que debía reportar. Se sintió tranquila de no tenerlo frente a ella, porque seguramente se quedaría muda y su debut se convertiría en despedida.

En el que ella esperaba sería un segundo encuentro, ahora sí agradable, en el que podrían hacer bromas de locutores, cuando se aprestaba a saludarlo, JL puso ante sus ojos el papel que llevaba en la mano. La señal no podía ser más evidente.

Su sonrisa desapareció. Pese a que sentía que las mejillas le iban a estallar, procuró que sus invitados no notaran su perturbación. Los condujo a una pequeña sala de espera, aislada de las cabinas de transmisión. Ahí ultimaron algunos detalles sobre los temas que abordarían en el programa, aunque ella prefería no hablar demasiado y mucho menos adelantar las preguntas puesto que sentía que eso restaba espontaneidad a la charla.

Unos minutos antes de las nueve les pidió que la acompañaran al estudio de transmisión. El nerviosismo que siempre sentía antes de encender el micrófono se iba diluyendo, adoraba la radio, amaba construir puentes de comunicación entre expertos y el auditorio, gozaba su trabajo.

Ahí estaba él, JL, supliendo al locutor de turno que debía dar el resumen informativo. Cuando la vio parada cerca del productor, ella le sonrió pero él desvió la vista, la ignoró por completo, una vez más.

Con los audífonos puestos se veía todavía más interesante, pensó ella.

Una de las invitadas le preguntó al operador si lo que decían ahí podía escucharlo el locutor. El operador contestó que no. Entonces, con toda naturalidad la invitada dijo: "no cabe duda de que la radio es mágica hace guapos hasta a los más feos. Pero mira qué feo es y con esos aires de diva, se hace todavía más fea la fealdad del tipo". Terminó de decirlo justo cuando JL cerraba el micrófono y el productor, con una sonrisa cómplice, les indicó que ya podían pasar al estudio.


JL tomó las hojas que acababa de leer y salió apresurado, sin mirar a nadie, no como un gesto de timidez ni de respeto al trabajo de otros sino de soberbia, la ignoraba por tercera vez. Se concretó a balbucir "buenas noches".

Fue entonces que ella se animó a decir con su voz clara y fuerte, tiene razón, doctora, "la radio nos hace guapos... qué chasco se lleva el auditorio cuando nos conoce en persona".




miércoles, 16 de marzo de 2011

Autora de la semana (tercera de marzo) en Suite 101

Autora de la semana: María Eugenia Mendoza

Mexicana de nacimiento, María Eugenia estudió Periodismo y Ciencias de la Comunicación para después convertirse en productora y conductora de diversos espacios en emisoras privadas y culturales. Su experiencia laboral se ha centrado sobre todo en la divulgación de la ciencia, la educación y la cultura alimentaria, pero además gracias a su perfil somos conscientes de que también tiene una más que consolidada carrera como escritora.

- ¿Qué es lo que más te motiva como colaborador de Suite101.net?
La posibilidad de escribir con libertad, en cuanto a temas, para un medio electrónico cuyas reglas son claras y en el que cuentas con la asesoría por parte de los redactores jefe, los tutoriales y otros recursos de optimización disponibles.

- ¿Qué es lo que Suite101 le aporta a tu vida profesional?
La disciplina de investigar y escribir sobre temas que me apasionan y la satisfacción de publicar textos que quizá puedan ayudar a alguien. Confieso que ya no puedo leer, ver, escuchar o incluso preparar o comer algo sin pensar en que me gustaría escribir un artículo para Suite101. No obstante, cuando estoy frente a la pantalla de la computadora no todo parece tan interesante como pensé y guardo los apuntes, por si algún día toman forma.

- ¿Qué artículos o temáticas te han reportado mayores satisfacciones en tu trayectoria en Suite101?
Mis artículos no son leídos por miles de lectores en un día, pero me da mucho gusto que los relacionados con los cambios en la ortografía del español despierten el interés de personas interesadas en escribir correctamente un idioma compartido por casi quinientos millones de hispanoamericanos y que a muchos parece tan vulnerable cuando leen “tuits” o mensajes cortos en el celular. Por otro lado, me siento feliz cuando uno de mis artículos es seleccionado como favorito del redactor jefe.

- ¿Qué consejo le darías a alguien que esté pensando en ser colaborador de Suite101?
Colaborar con Suite101 es producto de una decisión adulta y autónoma, por lo que sugiero que disfrute cada paso del proceso, desde la elección del tema, hasta la relectura del artículo publicado, pasando por la investigación y la escritura. Es fundamental tomar en serio el papel de articulista, no perder de vista la responsabilidad social que asumimos al publicar un texto, que algunos lectores podrán tomar como la verdad absoluta, mientras otros están en su derecho a cuestionar.

- ¿Cuáles son tus próximos proyectos laborales?
Espero seguir realizando actividades editoriales y de evaluación en el sector educativo; promover mis libros en las escuelas y seguir publicando en Suite101.
 ...
Gracias al equipo editorial de suite101.net por considerarme entre los autores destacados.

sábado, 12 de marzo de 2011

Ganarás el pan

 Para Tarsi

"Ganarás el pan con el sudor de tu frente"
y de todo tu cuerpo
y exprimirás tu cerebro de ingeniero para
resolver problemas
plantear preguntas
ganar proyectos
demostrar que honradamente se puede
construir
un país
una empresa
una familia.


"Ganarás el pan con el sudor de tu frente"
y de todo tu cuerpo
y exprimirás tu cerebro de maestro
para aprender
transmitir conocimientos
hacer escuela
despertar vocaciones
hacer de éste un mundo mejor
ejerciendo profesiones denigradas
por quienes ganan los pastelillos
con el sudor de las frentes ajenas.

jueves, 20 de enero de 2011

El mito de la sabiduría


El mito de la sabiduría 

© María Eugenia Mendoza Arrubarrena

Cuando era niña la gente le hacía burla porque actuaba como tonta.
No le importaba y seguía chacoteando.
Sabía que las cosas cambiarían en el futuro.
Pasó de joven a adulta y la gente no tenía el menor pudor en llamarla imbécil en su cara.
Las palabras se le resbalaban como la lluvia, cuando la sorprendía a medio camino hacia ninguna parte y ella ni corría ni buscaba un techo para protegerse.
Cada vez estaba más cerca de que el futuro hiciera realidad su deseo, cómo deseaba que la gente cambiara la forma de verla.
Cuando llegó a vieja, prácticamente nadie le hacía caso, no era más que una vieja inútil y ya nadie se molestaba en llamarla estúpida.
Al percatarse de que esa era la apreciación general y nada podía hacer para cambiarla, lloró.
La vejez la traicionó, no la había hecho sabia.

jueves, 9 de diciembre de 2010

"Todo por una cadena", fragmento de Peligro en la Aldea de las Letras

Del capítulo "Todo por una cadena", del libro Peligro en la Aldea de las Letras, comparto este fragmento:
Estaba a punto de eliminar el correo, cuando me fijé en el título: “La nueva ortografía del español”.
El tema me intrigó, pues la neta, la ortografía, aunque a veces es una monserga, ha sido un asunto que siempre ha preocupado a mis papás y a mi abuela y a mi bisabuela y a mi tatarabuela y seguro que también a mi antetatarabuela ¿se dirá así? Según mis papás, la ortografía es reflejo de lo cuidadosa e inteligente que es una persona y aunque me choque, a veces, prefiero cuidarla a que me tachen de descuidada y bruta.
Me armé de valor y le recé a todos los santos para que al abrirlo no le estuviera dando entrada a algún maleficio o bicho cibernético, porque si echaba a perder esta computadora tendrían que pasar muchos años para que mis papás volvieran a comprarme una.
 ¡Clic!
El dichoso archivo tardó una eternidad en abrir.
Por fin apareció la carátula de una presentación en Power Point.
La primera diapositiva tenía los logos de la Real Academia Española y del Instituto Cervantes. Parecía serio. Pero conforme avanzaba me di cuenta de que era una broma. ¿O, acaso no lo era?
Está bien que a veces omitimos la hache o la colocamos en donde no va, que nos confundimos con el uso de la be o la ve, la ce, la ese, la equis o la zeta, la ge y la jota, pero de ahí a eliminar letras, acentos y diéresis para simplificar la enseñanza y el aprendizaje, así como el uso de nuestra lengua escrita, me parecía un crimen.
¡Ay sí, ya estoy pensando como los diccionarios ambulantes que salen en la tele hablando del significado de las palabras, como esos chavos de “La dichosa palabra”, que a mis papás tanto les gusta ver!
Estaba segura que esta cadena era una broma o de plano los sabios de barbas blancas de la Real Academia Española ya estaban chocheando.
El motivo de incluir este texto es que Georgina Noble me avisó que hoy, a las 9 de la noche, por Canal 22, en La dichosa palabra se van a obsequiar uno o dos ejemplares de Peligro en la Aldea de las Letras. ¡Muchas gracias por tan buena noticia, Georgina!

Texto publicado en La Aldea de las Letras el 4 de diciembre de 2010.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La Aldea de las Letras. Sexto capítulo del libro Peligro en la Aldea de las Letras


Ilustración de Alberto Caudillo

Aviso a los visitantes de esta Aldea:

Publico este capítulo del Libro Peligro en la Aldea de las Letras, en el que Hilaria llega a este fantástico sitio en donde se producen todas las letras que necesitan los hispanoescribientes de todas partes del mundo, como homenaje a dos letras que serán expulsadas del abecedario español por dígrafos, palabra que parece nombrar el peor de los delitos, con la que incluso se les niega el género femenino a las letras dígrafas, pero, bueno, así son las cosas de la lengua, los académicos, la ortografía y el cuidado y respeto que merecen los 500 millones de hispanohablantes, quienes ojalá algún día sean también hispanolectores e hispanoescritores. Ojalá lo disfruten.

La Aldea de las Letras
© María Eugenia Mendoza Arrubarrena

—A pesar de la muy atareada vida de las habitantes de esta alegre y dinámica aldea de sólo veintinueve casas, en donde se producen constantemente las veintinueve letras del abecedario español, la armonía y la tranquilidad reina entre ellas desde hace siglos, aunque a decir verdad esa tranquilidad se ha visto amenazada de vez en cuando, ya te enterarás.
Hilaria caminaba de puntitas, más concentrada en no pisar ninguna de esas diminutas letras que desfilaban como laboriosas hormigas, que en la explicación de la guía, una extraña y robusta mujer, vestida con una vaporosa túnica azul estampada con las letras del abecedario, quien la llevaba presurosa de la mano.
—Como te decía, cada una de nuestras muy conocidas amigas —señaló en todas direcciones y hacia su vestido—, porque seguro las conoces bien, ¿verdad?
Asentía, sin entender bien de qué demonios le hablaba.
—Cada una, te decía, cumple cabalmente con sus funciones y aunque algunas figuran en sociedad más que otras, ninguna sufre de complejos de inferioridad o de ataques de soberbia, por lo menos no en público... Bueno, quizá la eñe se crea la más importante, con eso de que sin ella no habría españññññññññol se la pasa presumiendo su dichosa coronita.
La extraña mujer juntó sus regordetas manos a manera de corona sobre su cabeza e hizo cara de presumida.
—Pero al margen de esos despliegues de vanidad, jactancia y pedantería, cuando las diferentes letras se encuentran, lo cual ocurre a todas horas, sin importar que la Tierra esté iluminada por la brillante luz crepuscular del amanecer o del atardecer, el sol caiga a plomo sobre ella o la oscuridad nocturna obligue a los hispanoescribientes a encender velas, candelas, bombillas, focos, lámparas, quinqués, linternas, arbotantes o cualquier artilugio que sirva para iluminar, nuestras amigas se muestran felices y dispuestas a ir de la mano o de la pata o de la colita con sus hermanas para emprender lo que bien puede ser una intrincada aventura literaria, una enmienda constitucional, un anuncio publicitario espectacular, las casi ilegibles instrucciones en una etiqueta o en un contrato legal y hasta un chateo entre adolescentes.
A Hilaria le costaba trabajo seguir lo que decía esa extraña mujer.
—Adolescentes: esos engendros humanos, carentes de identidad, que insisten en simplificar a la mínima expresión la lengua escrita, al reducir a unos cuantos símbolos su intento de comunicación —dijo con una voz grave y sentenciosa, pero aclaró en voz muy baja, casi susurrante—, así los define la muy quejumbrosa y conservadora Maestra Letralia.
—¿La Maestra Letralia?
—Sí, ya la conocerás. ¡Ah, pero has de saber lo que, ni tarda ni perezosa, le contesta la chispeante Maestra Cibernia, una de las nuevas huéspedes de la aldea —y ahora imita una voz muy alegre, como de niña—: tal vez habría que reconocer que los adolescentes, que no engendros, le han otorgado más valor a cada una de nuestras muy queridas letras. A mí me tiene encantada la forma en que se despiden muchos de ellos: TQM, ¿no le parece ingenioso y enriquecedor que nuestras tres hermanas signifiquen algo tan bonito, Maestra Letralia?
—Yo estoy de acuerdo cien por ciento con Cibernia —apuntaba la desconcertante guía—. Ahora con tanta tecnología digital y con tanto tiempo que pasan los chavales, muchachos, chicos, pibes, compas, niños, escuincles o morritos chateando o enviando mensajes por medio de sus móviles, celulares u otros artilugios para tal efecto, es necesario ahorrar letras. ¿Tú chateas en la compu y mandas mensajitos por tu cel?
—A veces.
—¿Escribes palabras completas?
—Casi siempre.
—¡Aaaaajá! Seguro eres de las que usa apóstrofos después de la letra cu, para ahorrarse la escritura de la u y la e y no escribir la palabra que, ¿verdad?, como si esa palabra fuera tan larga.
—No. Eso se usaba antes de los celulares. Aunque en el cajón de recuerdos de mi mamá he visto algunos recaditos con la palabra que como usted dice, pero…
—Entonces, ¿tú cómo escribes la palabra que?
—Casi no la escribo en mensajes de celular.
—¿Cómo escribirías: que dice mi mamá que no me da permiso de ir a tu casa, o sea, que no puedo ir?
—No sé, tal vez escribiría algo así como “no voy a tu casa”.
—¡Pues qué sosa! Seguramente después de ese mensaje deberás enviar varios más para explicar las razones para no ir a casa de tu amiga o amigo.
—Tal vez.
—Ya sé, eres de las que escribe bye, OK y cosas por el estilo en inglés bien escrito o mal escrito como baaaay y oukeeeei.
—No siempre, la verdad no me acuerdo cómo escribo mensajes, sólo lo hago y ya.
—¡Ah!, pero ¿qué me dices de cómo escribes en los foros y en todos los espacios virtuales?
—¡Ah!, pues escribo igual que en todas partes, con palabras completas y con ortografía.
—¿Y con dibujos, como caras felices, líneas onduladas y cosas peludas como pelucas, para decir que tal o cual cosa está de pelos?
—Pues sí, sí me gustan los emoticones y los dibujos y todas las cosas que se han creado para diseñar y hacer más alegres los espacios virtuales. Y a veces, también escribo letras que para algunos están aisladas pero que para quienes las usamos tienen algún significado.
—Bueno, a eso iba. Al punto de que hay letras solitas, como la eme mayúscula, eso sí, curveada y pintada de amarillo, que todos, hasta quienes no entienden la O por lo redonda, o sea las personas analfabetas de toda la Tierra, de todo el mundo, de todo el orbe, de todo el globo, que la reconocen como el símbolo de la comida rápida estadounidense que se propaga hasta los más alejados rincones. No sé si eso es bueno o malo, pero de que la eme tiene una fuerza enorme, ni quién lo dude. Mira ahí va todo un ejército terrestre y aéreo de ellas.
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